Este sitio web utiliza cookies para garantizar que obtenga la mejor experiencia en nuestro sitio web.
Mi manera de entender la psicoterapia parte de una idea sencilla pero profunda:
una persona no es un conjunto de síntomas a eliminar, sino una historia de vida en continua construcción que, en determinados momentos, se ve desbordada por el dolor, la confusión o el malestar emocional.
Muchas personas llegan a consulta cansadas de luchar contra lo que sienten: ansiedad, miedo, tristeza, pensamientos que no se apagan, exigencia constante o sensación de estar bloqueadas. En estos casos, el sufrimiento no siempre viene determinado por lo que ocurre, sino por la relación que hemos aprendido a establecer con aquello que duele.
Por ello, trabajo desde una mirada relacional, contextual y respetuosa, adaptando las herramientas a cada proceso, con el objetivo de acompañar cambios reales y sostenibles que permitan a la persona recuperar margen de elección y construir una vida más coherente con lo que es importante para ella, respetando siempre su ritmo y sus necesidades.
Concibo la terapia como un espacio relacional seguro, donde la persona puede pensarse, sentirse y expresarse sin juicio.
La relación terapéutica no es un elemento secundario, sino el eje que sostiene todo el trabajo. Desde una presencia cercana, honesta y sensible, acompaño a cada persona a explorar su mundo interno con mayor comprensión y amabilidad.
Cuando el vínculo es seguro, el cambio es posible, porque permite dejar de defenderse del malestar y empezar a relacionarse con la propia experiencia de una manera diferente.
Cada persona llega a terapia con una historia que se ha ido construyendo a lo largo del tiempo: relatos sobre quién es, cómo se vincula, qué espera de sí misma y de los demás. El trabajo terapéutico se centra en:
comprender cómo se han construido esos relatos,
identificar los contextos relacionales y vitales que los han moldeado,
y abrir espacio a nuevas formas de mirarse y de estar en el mundo.
Revisamos aquellas narrativas que, aunque en su momento tuvieron una función protectora, hoy pueden estar limitando el bienestar, y abrimos espacio a miradas más ajustadas, compasivas y coherentes con los valores personales.
Muchas de las dificultades emocionales y relacionales tienen que ver con cómo aprendimos a vincularnos y a regular lo que sentimos. Por esta razón, en consulta prestamos especial atención a:
los patrones de apego,
la forma en que la persona se relaciona consigo misma y con los demás,
y el modo en que gestiona emociones difíciles como el miedo, la tristeza, la culpa o la vergüenza.
Pondremos el foco en la emoción, con el objetivo de identificar, comprender y dar espacio a la experiencia emocional, sin buscar controlarla ni suprimirla.
Las emociones, cuando son escuchadas, se convierten en una fuente de información y cambio.
Hay momentos en los que el malestar no tiene que ver únicamente con la ansiedad, el ánimo o los conflictos relacionales, sino con preguntas más profundas:
¿Qué sentido tiene lo que estoy viviendo?
¿Quién soy ahora?
¿Qué necesito dejar atrás?
¿Hacia dónde quiero orientar mi vida?
Desde una mirada existencial, integro en la terapia el trabajo con el sentido, los valores y la responsabilidad personal, respetando siempre las creencias y el marco de cada persona.
No se trata de ofrecer respuestas cerradas, sino de acompañar la búsqueda, ayudando a elegir y comprometerse con una vida más coherente con lo que de verdad importa.
Mi forma de trabajar no se basa en protocolos rígidos ni soluciones universales. Utilizo herramientas de distintos enfoques psicológicos contemporáneos cuando resultan útiles para:
aumentar la flexibilidad psicológica,
reducir la evitación del malestar,
clarificar valores personales,
y favorecer cambios sostenidos en el tiempo.
Las herramientas están al servicio de la persona, no al revés.
Parte de mi enfoque se apoya en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), un modelo con sólida base científica que pone el foco en desarrollar mayor flexibilidad psicológica.
Desde ACT trabajamos la relación con los pensamientos, las emociones y el malestar, ayudando a dejar de vivir atrapadas en la lucha constante por controlar lo que se siente y orientando el proceso hacia una vida más coherente con los valores personales.
El trabajo terapéutico se articula en torno al vínculo, entendido como la forma en que nos relacionamos con nosotras mismas, con los demás y con el mundo.
Según el encuadre, este trabajo adopta matices distintos.
En la terapia individual, el proceso parte de la relación con una misma: la manera de escucharse, cuidarse, exigirse o tratarse. Desde ahí se revisan también los vínculos con los demás y con el entorno, entendiendo que la relación que establecemos fuera suele estar profundamente conectada con la relación que mantenemos con nosotras mismas, especialmente cuando esta está marcada por la autoexigencia, el miedo o la evitación del malestar.
En la terapia de pareja, el foco se sitúa en el vínculo afectivo de la relación. Se exploran las dinámicas que se repiten, la comunicación, las necesidades emocionales y la forma en que cada miembro de la pareja se posiciona dentro del vínculo, con el objetivo de comprender qué está ocurriendo y abrir nuevas posibilidades de encuentro.
En los espacios grupales, el grupo se convierte en un puente entre el trabajo personal y la forma de relacionarse con los demás. A través del vínculo con el grupo y del contraste con otras historias, se favorece el autoconocimiento, la revisión de los propios patrones relacionales y una mirada más amplia y compasiva hacia la experiencia propia y ajena.
Cada proceso terapéutico es único.
Por eso, acompaño desde la escucha, el respeto y la adaptación constante a las necesidades de cada persona.
Mi objetivo no es que encajes en un modelo, sino ayudarte a comprenderte mejor, relacionarte de otra manera con lo que duele y construir una relación más amable contigo misma y con tu vida.